Cuanta generosidad y cuanto amor se tiene que llegar a sentir por alguien para que estando hospitalizado, enfermo, muy enfermo, obligues a la persona que quieres a continuar con su vida.
Y cuanto se puede llegar a querer a una persona cuando teniéndola en el hospital enferma, muy enferma, sigues con tu vida normal para cumplir sus deseos.
El amor tiene manifestaciones extrañas que a veces, nadie más que los implicados pueden comprender.
Supongo que ésta solo pueden entenderla aquellos que han nacido con una enfermedad que les acompañará siempre y aquellos que, enamorados de esa persona son tan generosos como para compartirla con esa enfermedad.
domingo, 28 de febrero de 2010
miércoles, 24 de febrero de 2010
LA MALA EDUCACION
De la misma manera que yo engaño cuando entro en una tienda a comprarme una camiseta y pido la talla XL, hay gente que engaña con respecto a su educación, entendiendo la palabra en su acepción de cortesía y urbanidad.
Conozco a varias personas que de entrada me han deslumbrado con unas maneras impecables, dejándome boquiabierta en más de una ocasión, y que cuando se ha presentado la oportunidad de tener con ellas un trato continuado me han dejado pasmada precisamente por lo contrario.
Y es curioso porque sus maneras no cambian. Siguen siendo impecables. Lo que observo que cambia es la selección que hacen con respecto a quien las dedican así como la medida en que las dispensan, perdiendo el culo (y disculpen la expresión) por hacer algo por alguien, lo mismo que harán para otro pero manifestando sus reparos para que se sepa el sacrificio o el favor que le están haciendo y sobre lo que buscarán mil excusas (eso sí, muy elegantes) para no hacerlo por un tercero.
Entonces te das cuenta que no se trata de que tú quizás no conocías lo suficiente a esas personas, porque de hecho, más allá de las maneras, tampoco suele haber mucho más que conocer, sino de que ellos crean que lo que conocen de tí es suficiente para catalogarte decidiendo cuanta de su “esmerada” educación te mereces. Así, no tienen ningún reparo en prescindir de ti y dejarte con la palabra en la boca cuando, estando contigo, se presenta la oportunidad de tratar a alguien que en su escala tiene, en ese momento, un valor por encima del tuyo.
Huelga decir que esos valores varían en función de cómo varían los estatus de quien dispensa y quien recibe esa educación en relación al grupo social en el que interactúan.
Eso no es educación, verdad?
Conozco a varias personas que de entrada me han deslumbrado con unas maneras impecables, dejándome boquiabierta en más de una ocasión, y que cuando se ha presentado la oportunidad de tener con ellas un trato continuado me han dejado pasmada precisamente por lo contrario.
Y es curioso porque sus maneras no cambian. Siguen siendo impecables. Lo que observo que cambia es la selección que hacen con respecto a quien las dedican así como la medida en que las dispensan, perdiendo el culo (y disculpen la expresión) por hacer algo por alguien, lo mismo que harán para otro pero manifestando sus reparos para que se sepa el sacrificio o el favor que le están haciendo y sobre lo que buscarán mil excusas (eso sí, muy elegantes) para no hacerlo por un tercero.
Entonces te das cuenta que no se trata de que tú quizás no conocías lo suficiente a esas personas, porque de hecho, más allá de las maneras, tampoco suele haber mucho más que conocer, sino de que ellos crean que lo que conocen de tí es suficiente para catalogarte decidiendo cuanta de su “esmerada” educación te mereces. Así, no tienen ningún reparo en prescindir de ti y dejarte con la palabra en la boca cuando, estando contigo, se presenta la oportunidad de tratar a alguien que en su escala tiene, en ese momento, un valor por encima del tuyo.
Huelga decir que esos valores varían en función de cómo varían los estatus de quien dispensa y quien recibe esa educación en relación al grupo social en el que interactúan.
Eso no es educación, verdad?
martes, 23 de febrero de 2010
INDIGNA SENSIBILIDAD
“El que personas adultas se mostraran tan sensibles a la opinión que pudiera tener de ellos un jefe al que posiblemente despreciaban era un enigma que César no alcanzaba a descifrar. Consistía uno de esos vergonzosos misterios del vivir, como el querer más a la chica que más te maltrataba o el gritar como un energúmeno a esa madre abnegada que te sigue como una esclava por la casa. Porque resultaba indigno ponerse a temblar como una hoja ........”. Amado amo, Rosa Montero.
¡Joder! Perdón por la expresión pero las líneas que preceden el exabrupto han sido las únicas que, en mis muchos años de lectora empedernida, me han hecho doblarle la página - algo que odio ferozmente - al libro en el que las he leido, que dicho sea de paso, tampoco es que me esté gustando especialmente, pero es que describe perfectamente un sentimiento que me es conocido: en diferentes etapas de mi vida y no siempre respecto a la misma persona, pero durante demasiado tiempo, soy consciente de haber tenido esa “indigna sensibilidad” a la opinión de personas que debido a su actitud hacia mí, han llegado a inspirarme no exactamente desprecio pero sí una mezcla de odio, rabia e impotencia que me ha amargado la existencia.
Seguramente un psiquiatra analizaría la situación en un “pis pas”, pensareis. Pues no. Después de algunos años de terapia regular con uno de los mejores especialistas de Barcelona, puedo asegurar que esa clase de personas existe independientemente de las neurosis ajenas y, o las tomas tal como son, o las dejas, porque cambiar, no cambian.
Si no hay nada que te obligue a soportarlas te alejas de ellas tan pronto las conoces. O quizás no, porque si no hay nada que te obligue a soportarlas seguro que a ellas tampoco les motiva ejercer sobre ti de esa manera.
El problema se presenta cuando existe un imperativo que las impone en tu vida y que, de entrada, las sitúa en un plano de superioridad. Deduzco que esas son dos de las condiciones que, en ese tipo de personas, accionan el resorte de una cualidad innata que les confiere una habilidad especial para el desprecio, cualidad de la que (seré benévola) estoy segura de que no son del todo conscientes (¡gracias a dios!) y aquí sí que ya, como decía mi psiquiatra, sólo se pueden hacer tres cosas: matarlas, abandonar aquello que te liga a ellas o prever sus “desplantes” y anticiparte a ellos como si de una partida de ajedrez se tratase.
Por mi misma he descubierto dos opciones más. Una de ellas quedará como secreto de la profesional que soy ya soportando “cabronadas” (aunque la legaré en mi testamento segura de que alguien me lo agradecerá). La otra no supone ningun misterio: resignarse a sufrirlas, no necesariamente en silencio, pero sufrirlas al fin y al cabo. Matarlas, evidentemente, no es recomendable y abandonar aquello que te liga a ellas ...... es lo último porque precisamente por eso las soportas, pero hay que reconocer que todo tiene un límite.
Explicar el trato con estas personas no es nada fácil, es más, se tacha de paranoico a quien relata la experiencia.
En cualquier caso, este tipo de relaciones agota: agotan la voluntad, la paciencia, los buenos propósitos, el humor, ........ y lo peor de todo es que desgastan. Y el desgaste es peligroso.
¡Joder! Perdón por la expresión pero las líneas que preceden el exabrupto han sido las únicas que, en mis muchos años de lectora empedernida, me han hecho doblarle la página - algo que odio ferozmente - al libro en el que las he leido, que dicho sea de paso, tampoco es que me esté gustando especialmente, pero es que describe perfectamente un sentimiento que me es conocido: en diferentes etapas de mi vida y no siempre respecto a la misma persona, pero durante demasiado tiempo, soy consciente de haber tenido esa “indigna sensibilidad” a la opinión de personas que debido a su actitud hacia mí, han llegado a inspirarme no exactamente desprecio pero sí una mezcla de odio, rabia e impotencia que me ha amargado la existencia.
Seguramente un psiquiatra analizaría la situación en un “pis pas”, pensareis. Pues no. Después de algunos años de terapia regular con uno de los mejores especialistas de Barcelona, puedo asegurar que esa clase de personas existe independientemente de las neurosis ajenas y, o las tomas tal como son, o las dejas, porque cambiar, no cambian.
Si no hay nada que te obligue a soportarlas te alejas de ellas tan pronto las conoces. O quizás no, porque si no hay nada que te obligue a soportarlas seguro que a ellas tampoco les motiva ejercer sobre ti de esa manera.
El problema se presenta cuando existe un imperativo que las impone en tu vida y que, de entrada, las sitúa en un plano de superioridad. Deduzco que esas son dos de las condiciones que, en ese tipo de personas, accionan el resorte de una cualidad innata que les confiere una habilidad especial para el desprecio, cualidad de la que (seré benévola) estoy segura de que no son del todo conscientes (¡gracias a dios!) y aquí sí que ya, como decía mi psiquiatra, sólo se pueden hacer tres cosas: matarlas, abandonar aquello que te liga a ellas o prever sus “desplantes” y anticiparte a ellos como si de una partida de ajedrez se tratase.
Por mi misma he descubierto dos opciones más. Una de ellas quedará como secreto de la profesional que soy ya soportando “cabronadas” (aunque la legaré en mi testamento segura de que alguien me lo agradecerá). La otra no supone ningun misterio: resignarse a sufrirlas, no necesariamente en silencio, pero sufrirlas al fin y al cabo. Matarlas, evidentemente, no es recomendable y abandonar aquello que te liga a ellas ...... es lo último porque precisamente por eso las soportas, pero hay que reconocer que todo tiene un límite.
Explicar el trato con estas personas no es nada fácil, es más, se tacha de paranoico a quien relata la experiencia.
En cualquier caso, este tipo de relaciones agota: agotan la voluntad, la paciencia, los buenos propósitos, el humor, ........ y lo peor de todo es que desgastan. Y el desgaste es peligroso.
martes, 16 de febrero de 2010
NURI
Hasta donde me alcanza la memoria siempre hemos sido amigas. No recuerdo la primera vez que te vi, ni cuando me dijiste tu nombre pero deduzco que debió ser en algún momento entre nuestros 8 y 9 años.
Sin darnos cuenta, llegamos a ser inseparables, junto a Mada (nuestra Magdalena) y juntas vivimos nuestro recatado despertar a la vida. La añoranza de aquellos tiempos me lleva a tener el sentimiento de que compartimos pocas fiestas, pocos chicos, pocos vicios y hasta pocas confidencias pero, seguro que no fue así porque, echando la vista atrás, hubo de todo. Aún así, no puedo dejar de tener la sensación de que nos quedamos cortas. Eso sí, siempre juntas.
Entre nuestras más gratas vivencias, aquellas famosas vacaciones de verano en Andalucía sobre las que, en su momento, pudimos escribir un libro según la cantidad de nuevas experiencias que nos proporcionaron. ¡Las únicas que hicimos juntas en toda nuestra vida! y, por supuesto acompañadas de nuestros padres (eran otros tiempos), pero, por encima de todo, ¡juntas! que era lo importante.
Mas tarde vivimos a diferente ritmo pero no por eso nos distanciamos porque donde no llegaba el tiempo ni la oportunidad siempre llegó el teléfono.
Ahora, al igualar de nuevo el ritmo de nuestra vida, hemos vuelto a regularizar nuestros encuentros y a hacerlos cada vez más frecuentes, como cuando éramos adolescentes, aunque con otros problemas, ni más ni menos importantes.
La vida no nos reunió como madres pero si lo ha hecho como hijas y en los primeros minutos de cada uno de nuestros encuentros y como si ya, de un ritual se tratase, desahogamos la una en la otra el dolor y la impotencia de ver como nuestras madres dejan de ejercer como tales para comportarse como niñas. Momentos después y reconfortadas por tan cálida terapia, nos desternillamos de risa de algo tan serio como lo mucho que podemos llegar a parecernos a ellas en un futuro.
Me dices que has entrado en mi blog y has leido lo que escribo y que te ha gustado mucho, tanto que no has sido capaz de hilar palabras para dejar un comentario que exprese tus sentimientos. Y lo dices sin asomo de preocupación ni incomodidad, sabedora de que conmigo te sobran tanto las palabras como las letras.
Sin darnos cuenta, llegamos a ser inseparables, junto a Mada (nuestra Magdalena) y juntas vivimos nuestro recatado despertar a la vida. La añoranza de aquellos tiempos me lleva a tener el sentimiento de que compartimos pocas fiestas, pocos chicos, pocos vicios y hasta pocas confidencias pero, seguro que no fue así porque, echando la vista atrás, hubo de todo. Aún así, no puedo dejar de tener la sensación de que nos quedamos cortas. Eso sí, siempre juntas.
Entre nuestras más gratas vivencias, aquellas famosas vacaciones de verano en Andalucía sobre las que, en su momento, pudimos escribir un libro según la cantidad de nuevas experiencias que nos proporcionaron. ¡Las únicas que hicimos juntas en toda nuestra vida! y, por supuesto acompañadas de nuestros padres (eran otros tiempos), pero, por encima de todo, ¡juntas! que era lo importante.
Mas tarde vivimos a diferente ritmo pero no por eso nos distanciamos porque donde no llegaba el tiempo ni la oportunidad siempre llegó el teléfono.
Ahora, al igualar de nuevo el ritmo de nuestra vida, hemos vuelto a regularizar nuestros encuentros y a hacerlos cada vez más frecuentes, como cuando éramos adolescentes, aunque con otros problemas, ni más ni menos importantes.
La vida no nos reunió como madres pero si lo ha hecho como hijas y en los primeros minutos de cada uno de nuestros encuentros y como si ya, de un ritual se tratase, desahogamos la una en la otra el dolor y la impotencia de ver como nuestras madres dejan de ejercer como tales para comportarse como niñas. Momentos después y reconfortadas por tan cálida terapia, nos desternillamos de risa de algo tan serio como lo mucho que podemos llegar a parecernos a ellas en un futuro.
Me dices que has entrado en mi blog y has leido lo que escribo y que te ha gustado mucho, tanto que no has sido capaz de hilar palabras para dejar un comentario que exprese tus sentimientos. Y lo dices sin asomo de preocupación ni incomodidad, sabedora de que conmigo te sobran tanto las palabras como las letras.
martes, 9 de febrero de 2010
ELIAS
A pesar de saber que ni tan solo sentirías mi presencia, tuve la necesidad imperiosa de verte. Quería llegar a tiempo de darte un beso y decirte adiós, quizás solo para amortiguar el dolor que me producía el hecho de no haber tenido más contacto contigo desde que enfermaste, ahora que sabía que había empezado tu acelerada cuenta atrás.
Al fin y al cabo, ¡solo era un dolor de espalda! Y tú eras un especialista en no cuidarte. No ibas a hacer caso de nada que te dijera, así que .... ¡ya te llamaría mañana! ...... Y mañana fue tarde.
Llegue a tiempo de verte ...., conectado a una máquina, y lloré amargamente agarrada a tu mano ante la atónita mirada de quien no me conocía. Porque no tuvimos una relación constante. Veinticuatro años dan para mucho, hasta para perder el contacto durante diez, y la nuestra fue una relación muy sencilla. Pero profunda y correspondida. No hubiera podido ser de otra manera entre dos personas tan diferentes que, a fuerza de compartir espacio y tiempo llegaron a tomarse mucho cariño.
Recuerdo el día en que nos reencontramos después de diez años de no saber prácticamente nada el uno del otro. Habíamos quedado en Plaza Universidad, como cuando teníamos veintipocos años y, en cuanto nos divisamos, corrimos el uno al otro para abrazarnos felizmente al tiempo que me levantabas por los aires dando vueltas.
Después de cenar, pasamos parte de la noche deambulando de bar en bar mientras nos poníamos al día de esos diez años, quizás los más densos de nuestra vida, sobretodo para ti.
Me gustó saber que, en tus peores momentos, muchas veces tuviste la necesidad de hablar conmigo, buscando algo de control, dijiste. Me hubiera gustado que lo hicieras.
Durante esos diez años, en mis peores momentos, tambien hubiera necesitado tenerte a mi lado para que me ayudaras a mandar a paseo tanto control. ¡Ojala hubieras estado ahí!
Saliendo del hospital me crucé con tu hija. Solo la había visto una vez: tenía 1 semana.
Había sido una de las personas que me había visto llegar junto a tu cama, cogerte la mano en silencio y llorar para después besarte con todo mi cariño y decirte “Adiós, guapo” así que creí estar en la obligación de presentarme. Me miró con ojos llorosos y al decirle quién era me contestó que ya me conocía. Tú le habías hablado de mi y le habías enseñado algunas fotos. La besé, salí del hospital, llamé a Marie France y por primera vez en mi vida, perdí la voz.
Me gustaría tener la certeza de que has vivido como has querido porque aptitudes para más tenías de sobra. A mí me han quedado pendientes muchas cosas contigo, entre ellas, conocerte mejor.
Que te hayan reclamado tan pronto solo me confirma una cosa y es que allí donde hayas ido también están faltos de alegría.
Esperame muchos años pero, cuando me veas llegar, ....... toca el piano para mí.
Al fin y al cabo, ¡solo era un dolor de espalda! Y tú eras un especialista en no cuidarte. No ibas a hacer caso de nada que te dijera, así que .... ¡ya te llamaría mañana! ...... Y mañana fue tarde.
Llegue a tiempo de verte ...., conectado a una máquina, y lloré amargamente agarrada a tu mano ante la atónita mirada de quien no me conocía. Porque no tuvimos una relación constante. Veinticuatro años dan para mucho, hasta para perder el contacto durante diez, y la nuestra fue una relación muy sencilla. Pero profunda y correspondida. No hubiera podido ser de otra manera entre dos personas tan diferentes que, a fuerza de compartir espacio y tiempo llegaron a tomarse mucho cariño.
Recuerdo el día en que nos reencontramos después de diez años de no saber prácticamente nada el uno del otro. Habíamos quedado en Plaza Universidad, como cuando teníamos veintipocos años y, en cuanto nos divisamos, corrimos el uno al otro para abrazarnos felizmente al tiempo que me levantabas por los aires dando vueltas.
Después de cenar, pasamos parte de la noche deambulando de bar en bar mientras nos poníamos al día de esos diez años, quizás los más densos de nuestra vida, sobretodo para ti.
Me gustó saber que, en tus peores momentos, muchas veces tuviste la necesidad de hablar conmigo, buscando algo de control, dijiste. Me hubiera gustado que lo hicieras.
Durante esos diez años, en mis peores momentos, tambien hubiera necesitado tenerte a mi lado para que me ayudaras a mandar a paseo tanto control. ¡Ojala hubieras estado ahí!
Saliendo del hospital me crucé con tu hija. Solo la había visto una vez: tenía 1 semana.
Había sido una de las personas que me había visto llegar junto a tu cama, cogerte la mano en silencio y llorar para después besarte con todo mi cariño y decirte “Adiós, guapo” así que creí estar en la obligación de presentarme. Me miró con ojos llorosos y al decirle quién era me contestó que ya me conocía. Tú le habías hablado de mi y le habías enseñado algunas fotos. La besé, salí del hospital, llamé a Marie France y por primera vez en mi vida, perdí la voz.
Me gustaría tener la certeza de que has vivido como has querido porque aptitudes para más tenías de sobra. A mí me han quedado pendientes muchas cosas contigo, entre ellas, conocerte mejor.
Que te hayan reclamado tan pronto solo me confirma una cosa y es que allí donde hayas ido también están faltos de alegría.
Esperame muchos años pero, cuando me veas llegar, ....... toca el piano para mí.
martes, 5 de enero de 2010
QUERIDOS REYES MAGOS,
En todos estos años no me habeis fallado ni una sola vez y siempre me habeis traido todo aquello que he pedido y ha estado en vuestra mano: mi primera muñeca, mi primer aparato de música, algún novio, música, ropa, muchos libros y hasta alguna joya.
A estas alturas de mi vida, tengo todo lo que necesito, y mucho, mucho, mucho más, porque lo que realmente necesito tampoco es tanto. Así que este año no os voy a pedir que me traigais nada, pero sí voy a pediros algo: voy a pediros que os lleveis.
Ya sé que el viaje de vuelta al maravilloso Oriente es un merecido paseo después de lo que os ha supuesto viajar por el mundo cargaditos de regalos que además debeis entregar en un tiempo record y que, aunque ya lo teneis muy por la mano, no deja de ser un trabajo que os deja exhaustos. Pero tampoco voy a pedir que os lleveis mucho.
De todo lo que me gustaría que desapareciera del mundo, este año solo quisiera que os llevaseis la avaricia. Lo he pensado mucho y creo que es lo más práctico, entre otras cosas porque sin avaricia seguro que el año que viene no teneis que venir ni la mitad de cargados. Así no os cansareis tanto y seguro que, a la vuelta, no os importa cargar de nuevo, esta vez con la envidia y la soberbia.
Además, si este año os llevais la avaricia, muchas cosas desaparecerán con ella: la codicia, la traición, el soborno, el engaño, la manipulación, la estafa, el robo, el asalto, .... incluso mucha violencia. Todo lo que os lleveis más adelante pesará menos.
Seguro que no soy la primera persona que os hace esta petición y si no lo habeis hecho ya seguro que teneis un buen motivo, pero os pido que lo penseis. Sin trabajo no os vais a quedar.
Nunca me habeis fallado y sé que ahora tampoco lo vais a hacer así que, como vengo haciendo desde hace 47 años, esta noche me iré a dormir temprano, nerviosa y esperanzada, y mañana me levantaré entusiasmada. Solo que esta vez mi mirada irá más allá del pesebre, a través de la ventana, segura de que habeis dejado un mundo mejor.
A estas alturas de mi vida, tengo todo lo que necesito, y mucho, mucho, mucho más, porque lo que realmente necesito tampoco es tanto. Así que este año no os voy a pedir que me traigais nada, pero sí voy a pediros algo: voy a pediros que os lleveis.
Ya sé que el viaje de vuelta al maravilloso Oriente es un merecido paseo después de lo que os ha supuesto viajar por el mundo cargaditos de regalos que además debeis entregar en un tiempo record y que, aunque ya lo teneis muy por la mano, no deja de ser un trabajo que os deja exhaustos. Pero tampoco voy a pedir que os lleveis mucho.
De todo lo que me gustaría que desapareciera del mundo, este año solo quisiera que os llevaseis la avaricia. Lo he pensado mucho y creo que es lo más práctico, entre otras cosas porque sin avaricia seguro que el año que viene no teneis que venir ni la mitad de cargados. Así no os cansareis tanto y seguro que, a la vuelta, no os importa cargar de nuevo, esta vez con la envidia y la soberbia.
Además, si este año os llevais la avaricia, muchas cosas desaparecerán con ella: la codicia, la traición, el soborno, el engaño, la manipulación, la estafa, el robo, el asalto, .... incluso mucha violencia. Todo lo que os lleveis más adelante pesará menos.
Seguro que no soy la primera persona que os hace esta petición y si no lo habeis hecho ya seguro que teneis un buen motivo, pero os pido que lo penseis. Sin trabajo no os vais a quedar.
Nunca me habeis fallado y sé que ahora tampoco lo vais a hacer así que, como vengo haciendo desde hace 47 años, esta noche me iré a dormir temprano, nerviosa y esperanzada, y mañana me levantaré entusiasmada. Solo que esta vez mi mirada irá más allá del pesebre, a través de la ventana, segura de que habeis dejado un mundo mejor.
martes, 29 de diciembre de 2009
¡FELIZ AÑO 2010!
Así como no tengo por costumbre felicitar por Navidad sí me gusta hacerlo en vísperas de cada año nuevo.
Parecerá una tontería, pero, al tratarse de unos buenos deseos extensivos, pero al mismo tiempo acotados a un año, tengo la sensación de que, aunque muchos, todos se cumplirán.
Una rareza como otra cualquiera.
En cualquier caso, mi estado de ánimo todos los 31 de Diciembre suele ser el mismo: una mezcla de tristeza, por el período que se cierra, y expectativa infantil por el que se inicia. Ya sé que se trata de la sucesión temporal habitual pero el hecho de que oficial y popularmente sean días que cierran y abren años unido a mi naturaleza ordenada deben provocar en mí esos particulares y hasta cierto punto contradictorios sentimientos.
Este año, quizás por ser consciente de que “mi crisis particular” toca a su fin, estoy triste pero especialmente expectante, casi ilusionada, diría yo.
Imagino el nuevo año como una preciosa gran caja de la cual voy a ser capaz de sacar cosas que nunca antes me hubiera atrevido a imaginar.
Independientemente de lo que ocurra, me parece un pensamiento maravilloso, ideal para dar comienzo un nuevo año, ideal para dar comienzo una nueva etapa.
¡MIS MEJORES DESEOS PARA EL 2010!
Parecerá una tontería, pero, al tratarse de unos buenos deseos extensivos, pero al mismo tiempo acotados a un año, tengo la sensación de que, aunque muchos, todos se cumplirán.
Una rareza como otra cualquiera.
En cualquier caso, mi estado de ánimo todos los 31 de Diciembre suele ser el mismo: una mezcla de tristeza, por el período que se cierra, y expectativa infantil por el que se inicia. Ya sé que se trata de la sucesión temporal habitual pero el hecho de que oficial y popularmente sean días que cierran y abren años unido a mi naturaleza ordenada deben provocar en mí esos particulares y hasta cierto punto contradictorios sentimientos.
Este año, quizás por ser consciente de que “mi crisis particular” toca a su fin, estoy triste pero especialmente expectante, casi ilusionada, diría yo.
Imagino el nuevo año como una preciosa gran caja de la cual voy a ser capaz de sacar cosas que nunca antes me hubiera atrevido a imaginar.
Independientemente de lo que ocurra, me parece un pensamiento maravilloso, ideal para dar comienzo un nuevo año, ideal para dar comienzo una nueva etapa.
¡MIS MEJORES DESEOS PARA EL 2010!
lunes, 28 de diciembre de 2009
MI CRISIS PARTICULAR
Hay circunstancias en la vida que nos marcan un antes y un después. Esas circunstancias empiezan dándose a muy temprana edad pero es a medida que nos hacemos mayores cuando cada vez somos más conscientes de cómo y porqué algunas de ellas marcan un punto de inflexión en nuestra vida, modificando su rumbo.
Mis últimos años han sido un continuo suceder de esas circunstancias y a pesar de lo previsible de todo lo ocurrido, no han resultado fáciles.
Pensando en ello, no he podido evitar imaginarme al ser humano con una gran cantidad de brazos cuyas manos se van uniendo a lo largo de la vida a las manos de otras personas. Porque las circunstancias suceden pero lo que realmente determina el cambio provocado por ellas es el hecho de cómo estas afectan la relación de las personas implicadas.
A lo largo de estos últimos años hubo quién, sin quererlo, soltó mi mano que sigue tanteando el vacío buscando esa otra mano que aferró durante tantos años y que ya no está.
También hubo quién dejó de agarrar mi mano para colgarse de ella, descubriendo con asombro que no pesa.
Hubo quién, al notar mis manos flojas las asió con más fuerza, tirándo hacia delante. Y hubo quién, momentáneamente, me soltó la mano para pasar la suya por mi cintura y mantenerme firme.
Hubo quién, en un momento dado necesitó aferrarme tan fuerte que me hizo daño. Y, seguramente también hubo a quién, en un momento dado necesité aferrarme tan fuerte, que hice daño.
Hubo manos que empezaron a agarrarme con más fuerza y manos que dejaron de sujetarme con tanta intensidad.
Hubo quién buscó tímidamente mi mano y hubo quién poco a poco se desasió.
Hasta hubo quién me soltó bruscamente, dándome además un bofetón antes de cambiar de mano.
Por primera vez soy consciente de haber cambiado mucho como consecuencia de las circunstancias vividas a lo largo de estos años (tres? cuatro?) y, no precisamente para bien a ojos de muchas personas. Pero yo estoy más contenta conmigo y sospecho que esto no ha hecho más que empezar.
"¿Crisis? ¿Que crisis? Es la oportunidad de cambiar.
La evolución no es más que la respuesta de la naturaleza a la permanente crisis del planeta."
Carl Sagan (1934-1996). Astrónomo.
Mis últimos años han sido un continuo suceder de esas circunstancias y a pesar de lo previsible de todo lo ocurrido, no han resultado fáciles.
Pensando en ello, no he podido evitar imaginarme al ser humano con una gran cantidad de brazos cuyas manos se van uniendo a lo largo de la vida a las manos de otras personas. Porque las circunstancias suceden pero lo que realmente determina el cambio provocado por ellas es el hecho de cómo estas afectan la relación de las personas implicadas.
A lo largo de estos últimos años hubo quién, sin quererlo, soltó mi mano que sigue tanteando el vacío buscando esa otra mano que aferró durante tantos años y que ya no está.
También hubo quién dejó de agarrar mi mano para colgarse de ella, descubriendo con asombro que no pesa.
Hubo quién, al notar mis manos flojas las asió con más fuerza, tirándo hacia delante. Y hubo quién, momentáneamente, me soltó la mano para pasar la suya por mi cintura y mantenerme firme.
Hubo quién, en un momento dado necesitó aferrarme tan fuerte que me hizo daño. Y, seguramente también hubo a quién, en un momento dado necesité aferrarme tan fuerte, que hice daño.
Hubo manos que empezaron a agarrarme con más fuerza y manos que dejaron de sujetarme con tanta intensidad.
Hubo quién buscó tímidamente mi mano y hubo quién poco a poco se desasió.
Hasta hubo quién me soltó bruscamente, dándome además un bofetón antes de cambiar de mano.
Por primera vez soy consciente de haber cambiado mucho como consecuencia de las circunstancias vividas a lo largo de estos años (tres? cuatro?) y, no precisamente para bien a ojos de muchas personas. Pero yo estoy más contenta conmigo y sospecho que esto no ha hecho más que empezar.
"¿Crisis? ¿Que crisis? Es la oportunidad de cambiar.
La evolución no es más que la respuesta de la naturaleza a la permanente crisis del planeta."
Carl Sagan (1934-1996). Astrónomo.
lunes, 7 de diciembre de 2009
SE BUSCAN HEROES
La Vanguardia propone un concurso para encontrar "héroes cotidianos". Usando sus mismas palabras, busca rendir homenaje a "gente que se esfuerza, que decide, gente que influye, que lidera. Gente que lucha, que se apasiona. Gente que, por sus obras, por sus convicciones, por sus méritos como persona, por sus valores, merezca un homenaje".
La presentación de la candidatura no puede exceder las 10 líneas. Suficiente: los héroes de verdad no quieren ni sus hazañas requieren de grandes explicaciones.
Esta ha sido la mía, pero seguro que tambien puede ser la vuestra.
"Ya no se apasiona, no se esfuerza y no decide. Nunca lideró más allá de su casa. Pero luchó, luchó muchísimo para que tuviéramos un hogar en el que nada faltara, sobretodo cariño. Y lo consiguió, aún a costa de no llegar a vivir nunca su propia vida, cosa que tampoco echó de menos porque nadie le enseñó que esa era una opción.
Típico producto de un tiempo, la postguerra española, y un lugar, un pequeño pueblo de Andalucía, mi madre es una de tantas heroínas anónimas pertenecientes a ese gran grupo de mujeres que sin más recursos que mucho amor y mucha alegría, sobrevivieron a una época de muchos cambios y resultaron victoriosas, puesto que consiguieron su objetivo: una vida mejor para los suyos.
Hace un año y medio perdió a mi padre. Desde entonces, pobrecita, vaga triste por su vida incapaz de encontrar de nuevo el camino".
La presentación de la candidatura no puede exceder las 10 líneas. Suficiente: los héroes de verdad no quieren ni sus hazañas requieren de grandes explicaciones.
Esta ha sido la mía, pero seguro que tambien puede ser la vuestra.
"Ya no se apasiona, no se esfuerza y no decide. Nunca lideró más allá de su casa. Pero luchó, luchó muchísimo para que tuviéramos un hogar en el que nada faltara, sobretodo cariño. Y lo consiguió, aún a costa de no llegar a vivir nunca su propia vida, cosa que tampoco echó de menos porque nadie le enseñó que esa era una opción.
Típico producto de un tiempo, la postguerra española, y un lugar, un pequeño pueblo de Andalucía, mi madre es una de tantas heroínas anónimas pertenecientes a ese gran grupo de mujeres que sin más recursos que mucho amor y mucha alegría, sobrevivieron a una época de muchos cambios y resultaron victoriosas, puesto que consiguieron su objetivo: una vida mejor para los suyos.
Hace un año y medio perdió a mi padre. Desde entonces, pobrecita, vaga triste por su vida incapaz de encontrar de nuevo el camino".
domingo, 15 de noviembre de 2009
SI QUIERES CONOCER A ALGUIEN, DALE PODER .....
No sé de quién es la frase pero la escuché hace años, archivándola en mi cerebro, sin saber entonces cuantas veces la rescataría del olvido durante los últimos tiempos para aplicarla, sin ir más lejos, en mi modesto entorno inmediato, a personas que yo creía modestas.
Quizás por ello me extraña ahora que la gente se rasgue las vestiduras con los últimos casos de corrupción que nos presentan los medios de comunicación.
¿De que nos extrañamos?
Si en un entorno pequeño, por una palmada en la espalda y la potestad de decirle al de al lado lo que tiene que hacer, nos sacamos los ojos, de que no seremos capaces por estar en una posición que nos da acceso a recursos económicos inconcebibles para nosotros hasta ese momento y nos sitúa en un plano de reconocimiento social cuyo exponente habitual es el constante halago?
Y evidentemente, ¿porqué echar mano de la mentira, el engaño o la traición, si no fuera para sacar el máximo provecho de las oportunidades que una situación de poder pone al alcance de quien la consigue?
No pequemos de ingenuos ofendiendo la inteligencia de nadie. Somos conscientes de que la corrupción existe pero volvemos la vista.
Y siendo así, todo este despliegue de información no debería desperdiciarse analizando el cómo, cuando y porqué de algo que ha existido, existe y existirá sino que debería profundizar en el hecho de porqué, a pesar de todo, no ponemos los medios para detectarla, castigarla y minimizarla.
¿Será, tal vez, porque todos tenemos un nivel de corrupción latente que espera algún día tener la oportunidad de beneficiarse de ella?
Quizás por ello me extraña ahora que la gente se rasgue las vestiduras con los últimos casos de corrupción que nos presentan los medios de comunicación.
¿De que nos extrañamos?
Si en un entorno pequeño, por una palmada en la espalda y la potestad de decirle al de al lado lo que tiene que hacer, nos sacamos los ojos, de que no seremos capaces por estar en una posición que nos da acceso a recursos económicos inconcebibles para nosotros hasta ese momento y nos sitúa en un plano de reconocimiento social cuyo exponente habitual es el constante halago?
Y evidentemente, ¿porqué echar mano de la mentira, el engaño o la traición, si no fuera para sacar el máximo provecho de las oportunidades que una situación de poder pone al alcance de quien la consigue?
No pequemos de ingenuos ofendiendo la inteligencia de nadie. Somos conscientes de que la corrupción existe pero volvemos la vista.
Y siendo así, todo este despliegue de información no debería desperdiciarse analizando el cómo, cuando y porqué de algo que ha existido, existe y existirá sino que debería profundizar en el hecho de porqué, a pesar de todo, no ponemos los medios para detectarla, castigarla y minimizarla.
¿Será, tal vez, porque todos tenemos un nivel de corrupción latente que espera algún día tener la oportunidad de beneficiarse de ella?
miércoles, 11 de noviembre de 2009
MI AMANTE
Soy una persona muy afortunada. Tengo salud, amor, familia, amigos y trabajo. Pero quien verdaderamente ha dado sentido a todo lo que tengo es mi amante.
Sí, lo confieso. Hace tiempo que tengo un amante gracias al cual todo a mi alrededor es maravilloso.
Su mirada me acompaña constantemente, me mima siempre que la situación lo permite y me hace sentir que soy lo más importante sobre la tierra. Puedo contarle cualquier cosa porque, ahora, siempre tiene tiempo para mí; me escucha, me comprende, me consuela y, además, tiene la virtud de presentarme el lado menos malo de aquello que me angustia.
Es curioso porque se trata de una persona que siempre ha estado ahí y, a pesar de que nuestra relación ha sido siempre especial, no hace mucho que se ha convertido en íntima.
Cuando leí el famoso escrito de Jorge Bucay, titulado “Hay que buscarse un amante” me hice el firme propósito de encontrar "ese “algo” que me apasionara, que me volviese distraída frente al entorno". Nunca pensé que ese "algo" sería “alguien”, ni mucho menos, tan cercano.
Desde entonces, los amaneceres me parecen maravillosos aunque los contemple desde el coche camino del trabajo, los atardeceres tienen placidez espiritual, aunque los disfrute, igualmente, desde el coche a la salida del trabajo camino presuroso de cualquier otro quehacer, la gente es fascinante, la luna, mágica, el sol, la vida, el mar, misterioso, y yo ....... yo tengo la sensación permanente de irradiar luz.
El sentir tan cerca una persona tan especial ha sacado lo mejor de mí y conocernos es una experiencia apasionante que espero nos ocupe el resto de nuestra vida.
No es una persona perfecta, ni siquiera para mí, pero cada vez me siento más a gusto en su compañía lo cual no deja de ser una suerte porque .......
........ se trata de la única persona en el mundo que, pase lo que pase, nunca me abandonará, ........ aún en el caso de que llegara a olvidarme.
Sí, lo confieso. Hace tiempo que tengo un amante gracias al cual todo a mi alrededor es maravilloso.
Su mirada me acompaña constantemente, me mima siempre que la situación lo permite y me hace sentir que soy lo más importante sobre la tierra. Puedo contarle cualquier cosa porque, ahora, siempre tiene tiempo para mí; me escucha, me comprende, me consuela y, además, tiene la virtud de presentarme el lado menos malo de aquello que me angustia.
Es curioso porque se trata de una persona que siempre ha estado ahí y, a pesar de que nuestra relación ha sido siempre especial, no hace mucho que se ha convertido en íntima.
Cuando leí el famoso escrito de Jorge Bucay, titulado “Hay que buscarse un amante” me hice el firme propósito de encontrar "ese “algo” que me apasionara, que me volviese distraída frente al entorno". Nunca pensé que ese "algo" sería “alguien”, ni mucho menos, tan cercano.
Desde entonces, los amaneceres me parecen maravillosos aunque los contemple desde el coche camino del trabajo, los atardeceres tienen placidez espiritual, aunque los disfrute, igualmente, desde el coche a la salida del trabajo camino presuroso de cualquier otro quehacer, la gente es fascinante, la luna, mágica, el sol, la vida, el mar, misterioso, y yo ....... yo tengo la sensación permanente de irradiar luz.
El sentir tan cerca una persona tan especial ha sacado lo mejor de mí y conocernos es una experiencia apasionante que espero nos ocupe el resto de nuestra vida.
No es una persona perfecta, ni siquiera para mí, pero cada vez me siento más a gusto en su compañía lo cual no deja de ser una suerte porque .......
........ se trata de la única persona en el mundo que, pase lo que pase, nunca me abandonará, ........ aún en el caso de que llegara a olvidarme.
domingo, 1 de noviembre de 2009
RECLAMA CONMIGO
Hace años que tengo por norma reclamar todo aquello con lo que no estoy conforme.
Un buen día, decidí que, en la medida de mis posibilidades, no iba a dejar que me dieran “gato por liebre” y, contra todo pronóstico, mi primera reclamación dió un resultado, no solo positivo sino tan satisfactorio, que me animó a continuar con la costumbre.
No es que haya hecho grandes ni muchas reclamaciones pero no solo he recibido siempre respuesta sino que, además, en todas me he visto resarcida
No hace tanto, algo caro era sin lugar a dudas algo bueno y un profesional era alguien que garantizaba un buen trabajo. Hoy día solo estamos seguros de que algo es bueno si es carísimo y no tenemos la certeza de recibir un buen trabajo hasta verlo realizado, cosa que sucede en tan contadas ocasiones que, cuando se da, constituye motivo de asombro y, por supuesto admiración. Pero, aunque resulte curioso, no nos quejamos. Con el tiempo, hemos relajado tanto nuestras exigencias que nos comportamos como “nuevos ricos”: que se note que tenemos dinero aunque sea tirándolo ya que no tenemos experiencia en gastarlo.
Y resulta curioso, porque todos quisiéramos dejar de estar ligados a la obligación y el esfuerzo que supone el trabajo pero actuando así demostramos no dar valor alguno a aquello por lo que trabajamos.
Nos resulta vergonzoso reclamar que lo recibido no se ajusta a lo que, con tanto entusiasmo e interés nos han vendido y por lo que, generalmente con esfuerzo, hemos pagado.
¿Porqué?
Si no reclamamos aquello en lo que no nos han cumplido, estamos demostrando un desinterés que, en mi opinión, se traduce en una gran falta de respeto por nosotros mismos, precisamente, la falta de respeto que otorga a los demás el derecho de no respetarnos que, en definitiva, es lo que hacen cuando no nos cumplen con aquello a lo que se han comprometido.
Y si es así, no tenemos derecho alguno a quejarnos y no puedo dejar de preguntarme si la crisis no tendrá “algo” que ver con nuestra falta de formalidad.
(Publicado en Cartas de los Lectores del Magazine de La Vanguardia, 08 Noviembre 2009)
Un buen día, decidí que, en la medida de mis posibilidades, no iba a dejar que me dieran “gato por liebre” y, contra todo pronóstico, mi primera reclamación dió un resultado, no solo positivo sino tan satisfactorio, que me animó a continuar con la costumbre.
No es que haya hecho grandes ni muchas reclamaciones pero no solo he recibido siempre respuesta sino que, además, en todas me he visto resarcida
No hace tanto, algo caro era sin lugar a dudas algo bueno y un profesional era alguien que garantizaba un buen trabajo. Hoy día solo estamos seguros de que algo es bueno si es carísimo y no tenemos la certeza de recibir un buen trabajo hasta verlo realizado, cosa que sucede en tan contadas ocasiones que, cuando se da, constituye motivo de asombro y, por supuesto admiración. Pero, aunque resulte curioso, no nos quejamos. Con el tiempo, hemos relajado tanto nuestras exigencias que nos comportamos como “nuevos ricos”: que se note que tenemos dinero aunque sea tirándolo ya que no tenemos experiencia en gastarlo.
Y resulta curioso, porque todos quisiéramos dejar de estar ligados a la obligación y el esfuerzo que supone el trabajo pero actuando así demostramos no dar valor alguno a aquello por lo que trabajamos.
Nos resulta vergonzoso reclamar que lo recibido no se ajusta a lo que, con tanto entusiasmo e interés nos han vendido y por lo que, generalmente con esfuerzo, hemos pagado.
¿Porqué?
Si no reclamamos aquello en lo que no nos han cumplido, estamos demostrando un desinterés que, en mi opinión, se traduce en una gran falta de respeto por nosotros mismos, precisamente, la falta de respeto que otorga a los demás el derecho de no respetarnos que, en definitiva, es lo que hacen cuando no nos cumplen con aquello a lo que se han comprometido.
Y si es así, no tenemos derecho alguno a quejarnos y no puedo dejar de preguntarme si la crisis no tendrá “algo” que ver con nuestra falta de formalidad.
(Publicado en Cartas de los Lectores del Magazine de La Vanguardia, 08 Noviembre 2009)
lunes, 26 de octubre de 2009
MUJERES (I)
Acabo de regresar de vacaciones con un montón de cosas que contar, pero “las musas” me han abandonado. Parece ser que hicieron las maletas y se largaron antes que yo y, es evidente que su presupuesto era superior al mío porque todavía las estoy esperando.
De todas formas, hay algo sobre lo que, aunque ellas no estén conmigo, me apetece mucho escribir, entre otras cosas porque “lo prometido es deuda” y mi última entrada, “Mujeres”, me endeudó con dos personas, paradójicamente, dos hombres, cuyas opiniones recibí por escrito, no a través del blog, pero sí por correo electrónico (gracias, a ambos, por demostrarme vuestro afecto leyendo mis desvaríos, y enriquecerme con vuestras opiniones).
Me resultó muy curioso comprobar que esas líneas no dejaron indiferente a quien las leyó y las reacciones me resultaron todavía más interesantes: me proporcionaron discursiones acaloradas que amenizaron agradables veladas de verano, francas correspondencias con serenas y bien argumentadas opiniones e ..... incomprensibles mutis.
Ante todo quiero dejar claro que la imagen de la mujer que se desprende de la descripción de los hechos narrados no es una imagen que pretenda generalizar. Tampoco pienso que la inseguridad femenina venga siempre inducida por nuestro mismo género. Los efectos del acoso y del maltrato por parte del género masculino son tan históricos como devastadores.
Estoy orgullosa de ser mujer (ni machista ni feminista) y, ni por un momento, pienso que el género femenino esté formado por una gran “colla” de arpías cuyo principal objetivo en la vida sea la de ponernos la zancadilla las unas a las otras. Pero sí mantengo que “haberlas, haylas”, y no pocas, tanto más peligrosas en cuanto no reconocen el efecto negativo de sus acciones sobre nuestro género.
Sirva de ejemplo la imagen que determinados medios de comunicación ofrecen del género femenino, lo cual solo es posible con nuestra complicidad como participantes y consumidoras y que descorazonaría (y descorazona) a todas aquellas personas (no solamente mujeres) que tanto lucharon (y continúan luchando) por conseguir reconocimiento e igualdad.
Porque, independientemente ya del género, no es honesto conseguir reconocimiento a costa del hundimiento ajeno, sino por méritos propios. Pero cuando esto ocurre entre nosotras y cuestiones vanales, nos impiden reconocernos las valías, lo único que estamos consiguiendo es retroceder muchos pasos sobre un camino abierto a base de mucho sacrificio.
Y escribí sobre ello porque me duele. Y sin excluirme.
Porque reconocer los errores es el primer paso para corregirlos.
Así de simple. Así de complicado.
De todas formas, hay algo sobre lo que, aunque ellas no estén conmigo, me apetece mucho escribir, entre otras cosas porque “lo prometido es deuda” y mi última entrada, “Mujeres”, me endeudó con dos personas, paradójicamente, dos hombres, cuyas opiniones recibí por escrito, no a través del blog, pero sí por correo electrónico (gracias, a ambos, por demostrarme vuestro afecto leyendo mis desvaríos, y enriquecerme con vuestras opiniones).
Me resultó muy curioso comprobar que esas líneas no dejaron indiferente a quien las leyó y las reacciones me resultaron todavía más interesantes: me proporcionaron discursiones acaloradas que amenizaron agradables veladas de verano, francas correspondencias con serenas y bien argumentadas opiniones e ..... incomprensibles mutis.
Ante todo quiero dejar claro que la imagen de la mujer que se desprende de la descripción de los hechos narrados no es una imagen que pretenda generalizar. Tampoco pienso que la inseguridad femenina venga siempre inducida por nuestro mismo género. Los efectos del acoso y del maltrato por parte del género masculino son tan históricos como devastadores.
Estoy orgullosa de ser mujer (ni machista ni feminista) y, ni por un momento, pienso que el género femenino esté formado por una gran “colla” de arpías cuyo principal objetivo en la vida sea la de ponernos la zancadilla las unas a las otras. Pero sí mantengo que “haberlas, haylas”, y no pocas, tanto más peligrosas en cuanto no reconocen el efecto negativo de sus acciones sobre nuestro género.
Sirva de ejemplo la imagen que determinados medios de comunicación ofrecen del género femenino, lo cual solo es posible con nuestra complicidad como participantes y consumidoras y que descorazonaría (y descorazona) a todas aquellas personas (no solamente mujeres) que tanto lucharon (y continúan luchando) por conseguir reconocimiento e igualdad.
Porque, independientemente ya del género, no es honesto conseguir reconocimiento a costa del hundimiento ajeno, sino por méritos propios. Pero cuando esto ocurre entre nosotras y cuestiones vanales, nos impiden reconocernos las valías, lo único que estamos consiguiendo es retroceder muchos pasos sobre un camino abierto a base de mucho sacrificio.
Y escribí sobre ello porque me duele. Y sin excluirme.
Porque reconocer los errores es el primer paso para corregirlos.
Así de simple. Así de complicado.
martes, 16 de junio de 2009
MUJERES
Si nos preguntamos porqué siendo tan listas, el mundo siempre ha sido de los hombres, la respuesta es porque somos malas.
Sí señoras, las mujeres somos malas. Pero no malas en general, no. Somos malas con nosotras mismas y, repito, si el mundo siempre ha sido de los hombres es porque nosotras se lo hemos puesto en bandeja a fuerza de negarnoslo a nosotras mismas a cada momento.
Por ejemplo, y que tire la primera piedra la que esté libre de culpa: tenemos nueva compañera en la oficina. Latina, cuerpo escultural y un par de tetas de impresión, pero ¡aaaaargh! es simpática, lista y trabajadora.
Se la recibe cortésmente y no podemos evitar que nos caiga bien a pesar de tener cruzadas ese par de tetas que acaparan las miradas de todos los varones del entorno, miradas que, aunque no han sido nunca exclusivamente nuestras, tampoco han estado tan traspuestas, perdiéndose de vez en cuando en nuestro escote.
Y, a pesar de reconocer y agradecer su valía, no podemos evitar que, la mayor parte de las veces, que se hable de ella o con ella, se haga referencia a su físico, por encima de cualquier otra consideración. Eso sí, con un deje de menosprecio que nos confirme que esa combinación de físico y cualidades más que aceptables es vulgar y ordinario, lo cual conseguirá, de paso, que la propietaria de la bendita combinación, en lugar de sentirse orgullosa, se sienta insegura.
¿Bonito? No.
¿Educativo? Menos.
Desarrollo este caso porque es el que, en este momento, estoy viviendo diariamente (como espectadora) pero podría extenderme a algún otro vivido en primera persona y cuyo desarrollo levantaría ampollas en mi ambiente laboral y familiar. Porque yo soy de las que tienen tetas. Con más o con menos seso, pero con tetas.
Y si os preguntais el porqué de esa fijación con las tetas, pensad por un momento ¿cuantas mujeres que ocupen cargos públicos de responsabilidad tienen un busto llamativo? No se me ocurre ninguna.
¿Casualidad? Demasiada.
En cualquier caso, a lo que jugamos peligrosamente entre nosotras es a dividirnos y, en consecuencia, a debilitarnos a costa de hacernos sentir inseguras. Despreciamos en nuestro género la inteligencia, la simpatía, la capacidad de trabajo ..... si van acompañadas de un físico aceptable. Y puesto que nos hacemos inseguras solo sabemos buscar seguridad a costa de la inseguridad ajena.
Así que, de nuevo me pregunto, ¿si somos tan listas y maquiavélicas, porque no dejamos de luchar entre nosotras y unimos nuestras fuerzas para conseguir el mundo?
Porque la perfección no existe y desgraciadamente, en nuestro género, la inteligencia, aunque mucha, sigue siendo inferior a la envidia.
Así que señoras, en lugar de poner tanto empeño en no educar hijos machistas, invirtamos tambien un poco en educar mujeres honestas.
Sí señoras, las mujeres somos malas. Pero no malas en general, no. Somos malas con nosotras mismas y, repito, si el mundo siempre ha sido de los hombres es porque nosotras se lo hemos puesto en bandeja a fuerza de negarnoslo a nosotras mismas a cada momento.
Por ejemplo, y que tire la primera piedra la que esté libre de culpa: tenemos nueva compañera en la oficina. Latina, cuerpo escultural y un par de tetas de impresión, pero ¡aaaaargh! es simpática, lista y trabajadora.
Se la recibe cortésmente y no podemos evitar que nos caiga bien a pesar de tener cruzadas ese par de tetas que acaparan las miradas de todos los varones del entorno, miradas que, aunque no han sido nunca exclusivamente nuestras, tampoco han estado tan traspuestas, perdiéndose de vez en cuando en nuestro escote.
Y, a pesar de reconocer y agradecer su valía, no podemos evitar que, la mayor parte de las veces, que se hable de ella o con ella, se haga referencia a su físico, por encima de cualquier otra consideración. Eso sí, con un deje de menosprecio que nos confirme que esa combinación de físico y cualidades más que aceptables es vulgar y ordinario, lo cual conseguirá, de paso, que la propietaria de la bendita combinación, en lugar de sentirse orgullosa, se sienta insegura.
¿Bonito? No.
¿Educativo? Menos.
Desarrollo este caso porque es el que, en este momento, estoy viviendo diariamente (como espectadora) pero podría extenderme a algún otro vivido en primera persona y cuyo desarrollo levantaría ampollas en mi ambiente laboral y familiar. Porque yo soy de las que tienen tetas. Con más o con menos seso, pero con tetas.
Y si os preguntais el porqué de esa fijación con las tetas, pensad por un momento ¿cuantas mujeres que ocupen cargos públicos de responsabilidad tienen un busto llamativo? No se me ocurre ninguna.
¿Casualidad? Demasiada.
En cualquier caso, a lo que jugamos peligrosamente entre nosotras es a dividirnos y, en consecuencia, a debilitarnos a costa de hacernos sentir inseguras. Despreciamos en nuestro género la inteligencia, la simpatía, la capacidad de trabajo ..... si van acompañadas de un físico aceptable. Y puesto que nos hacemos inseguras solo sabemos buscar seguridad a costa de la inseguridad ajena.
Así que, de nuevo me pregunto, ¿si somos tan listas y maquiavélicas, porque no dejamos de luchar entre nosotras y unimos nuestras fuerzas para conseguir el mundo?
Porque la perfección no existe y desgraciadamente, en nuestro género, la inteligencia, aunque mucha, sigue siendo inferior a la envidia.
Así que señoras, en lugar de poner tanto empeño en no educar hijos machistas, invirtamos tambien un poco en educar mujeres honestas.
¿EN QUE CLASE DE PERSONAS NOS ESTAMOS CONVIRTIENDO?
En los últimos años, desgraciadamente, he visitado a menudo con mis mayores el servicio de urgencias del Hospital de Bellvitge.
No puedo decir nada en contra de la atención recibida. En todas las ocasiones, hemos sido tratados con profesionalidad y, la mayor parte de las veces con una calidez añadida que ha hecho menos traumática la asimilación de diagnósticos, a veces no deseados, aunque previsibles.
El problema es que llegar a recibir esa esmerada atención supone una espera mínima de 12 horas. Y eso es inhumano. Independientemente del motivo que nos lleve a usar ese servicio, llegamos preocupados, vulnerables y, en algunos casos, doloridos. Y esa espera puede que físicamente no nos perjudique más, pero psíquicamente nos hunde.
El pasado mes de mayo fue para mi tan generoso en visitas al hospital como en éxitos para el Barça y, a la vista de la manifestaciones eufóricas que este último acontecimiento ha provocado, no he podido dejar de preguntarme, en que clase de personas nos estamos conviertiendo.
No tenemos inconveniente en echarnos a la calle y pasar la noche en vela en Canaletas, aunque al dia siguente tengamos que madrugar para ir a trabajar. Ni gastarnos un dinero que, en ocasiones, no tenemos para ver un partido en el lugar donde se juega y que no tenemos el más mínimo interés en conocer, más allá de la plaza donde está colocada la pantalla gigante que nos permitirá seguir el partido porque ni siquiera podemos acceder al campo.
Y sin embargo no movemos un dedo para exigir lo que, por derecho (y pago) nos corresponde: una atención sanitaria más ágil. Algo que a fin de cuentas, todos, más tarde o más temprano, vamos a necesitar.
Y con miedo vuelvo a preguntarme, ¿en que clase de personas nos estamos convirtiendo?
(Publicado en Cartas de los Lectores de La Vanguardia, 1 Julio 2009)
No puedo decir nada en contra de la atención recibida. En todas las ocasiones, hemos sido tratados con profesionalidad y, la mayor parte de las veces con una calidez añadida que ha hecho menos traumática la asimilación de diagnósticos, a veces no deseados, aunque previsibles.
El problema es que llegar a recibir esa esmerada atención supone una espera mínima de 12 horas. Y eso es inhumano. Independientemente del motivo que nos lleve a usar ese servicio, llegamos preocupados, vulnerables y, en algunos casos, doloridos. Y esa espera puede que físicamente no nos perjudique más, pero psíquicamente nos hunde.
El pasado mes de mayo fue para mi tan generoso en visitas al hospital como en éxitos para el Barça y, a la vista de la manifestaciones eufóricas que este último acontecimiento ha provocado, no he podido dejar de preguntarme, en que clase de personas nos estamos conviertiendo.
No tenemos inconveniente en echarnos a la calle y pasar la noche en vela en Canaletas, aunque al dia siguente tengamos que madrugar para ir a trabajar. Ni gastarnos un dinero que, en ocasiones, no tenemos para ver un partido en el lugar donde se juega y que no tenemos el más mínimo interés en conocer, más allá de la plaza donde está colocada la pantalla gigante que nos permitirá seguir el partido porque ni siquiera podemos acceder al campo.
Y sin embargo no movemos un dedo para exigir lo que, por derecho (y pago) nos corresponde: una atención sanitaria más ágil. Algo que a fin de cuentas, todos, más tarde o más temprano, vamos a necesitar.
Y con miedo vuelvo a preguntarme, ¿en que clase de personas nos estamos convirtiendo?
(Publicado en Cartas de los Lectores de La Vanguardia, 1 Julio 2009)
domingo, 7 de junio de 2009
LOS PADRES DE PEDRO, NUESTROS PADRES
El sábado, por primera vez en mucho tiempo, bajé a desayunar al bar. Algo que antes Javier y yo hacíamos los fines de semana con cierta frecuencia, se ha convertido ahora en un lujo, no por el importe del desayuno en sí (al menos, por el momento), sino por el hecho de disponer de un tiempo para compartir que no implique a nadie más, cuya necesidad esté por encima de nuestro capricho.
Y es que, últimamente, por encima de nuestro capricho, incluso de nuestra necesidad, está la de su padre y la de mi madre que, por un motivo u otro, pero básicamente por la edad, y en consecuencia, por la salud y las circunstancias acordes, copan todo nuestro tiempo.
El bar está justo debajo de casa y lo lleva un tal Pedro y sus padres. Por las relaciones que, observo tienen con la gente del barrio, deduzco que debieron ser los padres quienes montaron el bar en su juventud, seguramente recién llegados de su León natal y Pedro se ha criado allí. Los tres tienen el aspecto y las maneras de las buenas personas. Quizás por eso el sábado, sin ellos saberlo (porque de ser así creo que nunca lo hubieran permitido) me hicieron llorar.
Cuando llegamos, nos sentamos en la barra. Pedro estaba haciendo un bocadillo para otro cliente y su padre se hizo cargo de nuestros cafés con leche. En un momento dado, Pedro dirigió la vista hacia la cafetera y cuando me di cuenta estaba reprendiendo a su padre porque no estaba haciendo bien el café. No fue ni mucho menos desagradable en sus maneras pero sí mostró la impaciencia de quien tiene muchas cosas que atender y, habiendo delegado lo más simple, se da cuenta de que ni de eso puede olvidarse y se enrabia no pudiendo evitar que las palabras y el tono hagan sentir inútil a la persona que las recibe. El padre aguantó el chaparrón con cara seria, pero dulce y sin decir una sola palabra, dejando que su hijo se acercara y le enseñara a hacer lo que seguramente, en su día, cuando Pedro era un mocoso que apenas alcanzaba la cafetera, le enseñó a hacer él. Y fue esa contraposición de imágenes, la real y la de mi imaginación, el presente y el pasado, la impaciencia y el cariño, la que me hizo llorar, de tal manera, que hizo sentir violento a Javier.
No pude remediarlo. Me identificaba perfectamente con la impaciencia de Pedro y hasta pude captar el malestar posterior a esa amonestación que no pudo reprimir. Pero su padre me inspiró una infinita ternura y, a pesar del estrecho contacto que últimamente tengo con mi madre y con mi suegro, por primera vez, sentí el dolor de quien lo ha dado todo y a quien hacemos creer por un momento (a veces, muchos), llevados por la impaciencia, que ese todo ya no es válido, que existen nuevas normas y son las nuestras, haciéndoles sentir más torpes e inútiles de lo que la edad y sus limitaciones se encargan de recordarles diariamente.
Y aunque pìenso que es ley de vida, que por buenos que seamos, las leyes de la naturaleza hacen generosos a los padres y egoistas a los hijos, no puedo dejar de pensar que no es justo y luchar contra ello cada día.
Aún no lo he conseguido y no sé si lo conseguiré pero lo intento hasta el punto de que hoy por hoy, el ser paciente con mi madre, es mi objetivo prioritario. Porque ser hijos y permitirnos un cierto egoismo no nos da derecho a ignorar a nuestros mayores. Al fin y al cabo, no sólo nos han dado la vida sino que han sentado las bases de la maravillosa persona que creemos ser.
Y es que, últimamente, por encima de nuestro capricho, incluso de nuestra necesidad, está la de su padre y la de mi madre que, por un motivo u otro, pero básicamente por la edad, y en consecuencia, por la salud y las circunstancias acordes, copan todo nuestro tiempo.
El bar está justo debajo de casa y lo lleva un tal Pedro y sus padres. Por las relaciones que, observo tienen con la gente del barrio, deduzco que debieron ser los padres quienes montaron el bar en su juventud, seguramente recién llegados de su León natal y Pedro se ha criado allí. Los tres tienen el aspecto y las maneras de las buenas personas. Quizás por eso el sábado, sin ellos saberlo (porque de ser así creo que nunca lo hubieran permitido) me hicieron llorar.
Cuando llegamos, nos sentamos en la barra. Pedro estaba haciendo un bocadillo para otro cliente y su padre se hizo cargo de nuestros cafés con leche. En un momento dado, Pedro dirigió la vista hacia la cafetera y cuando me di cuenta estaba reprendiendo a su padre porque no estaba haciendo bien el café. No fue ni mucho menos desagradable en sus maneras pero sí mostró la impaciencia de quien tiene muchas cosas que atender y, habiendo delegado lo más simple, se da cuenta de que ni de eso puede olvidarse y se enrabia no pudiendo evitar que las palabras y el tono hagan sentir inútil a la persona que las recibe. El padre aguantó el chaparrón con cara seria, pero dulce y sin decir una sola palabra, dejando que su hijo se acercara y le enseñara a hacer lo que seguramente, en su día, cuando Pedro era un mocoso que apenas alcanzaba la cafetera, le enseñó a hacer él. Y fue esa contraposición de imágenes, la real y la de mi imaginación, el presente y el pasado, la impaciencia y el cariño, la que me hizo llorar, de tal manera, que hizo sentir violento a Javier.
No pude remediarlo. Me identificaba perfectamente con la impaciencia de Pedro y hasta pude captar el malestar posterior a esa amonestación que no pudo reprimir. Pero su padre me inspiró una infinita ternura y, a pesar del estrecho contacto que últimamente tengo con mi madre y con mi suegro, por primera vez, sentí el dolor de quien lo ha dado todo y a quien hacemos creer por un momento (a veces, muchos), llevados por la impaciencia, que ese todo ya no es válido, que existen nuevas normas y son las nuestras, haciéndoles sentir más torpes e inútiles de lo que la edad y sus limitaciones se encargan de recordarles diariamente.
Y aunque pìenso que es ley de vida, que por buenos que seamos, las leyes de la naturaleza hacen generosos a los padres y egoistas a los hijos, no puedo dejar de pensar que no es justo y luchar contra ello cada día.
Aún no lo he conseguido y no sé si lo conseguiré pero lo intento hasta el punto de que hoy por hoy, el ser paciente con mi madre, es mi objetivo prioritario. Porque ser hijos y permitirnos un cierto egoismo no nos da derecho a ignorar a nuestros mayores. Al fin y al cabo, no sólo nos han dado la vida sino que han sentado las bases de la maravillosa persona que creemos ser.
martes, 5 de mayo de 2009
¡QUE INCOMODO!
No puedo soportar a la gente con la que no sabes a que atenerte. Coincides un día con ellos en el ascensor y te "meten en el alma". Al día siguiente te los cruzas por la calle y te giran la cara.
Tengo unos vecinos que personifican lo que estoy describiendo en su más extrema manifestación y me disgusta enormente coincidir con ellos porque no sé nunca cuando me van a dejar con la boca abierta. Precisamente esta mañana, ella, con la niña (que no sé a quien se parece porque es "permanentemente" simpática), esperaba que él acercara su coche a la puerta cuando yo sacaba el mío del garaje. Se ha hecho a un lado al ver abrirse la puerta y cuando la apertura amenazaba con dejar al descubierto mi cara, ha girado la suya.
Entiendo que todo el mundo tiene un mal día, o un período difícil, pero no entiendo esta actitud. Es más, pensandolo bien, creo que debe resultar verdaderamente incómodo estar pendiente de tu hija, de su mochila, de tu bolso y de tu marido que llega, al tiempo que escondes la cara esperando que la vecina acabe de sacar su coche del garaje, espere a que se cierre la puerta y decida largarse a trabajar para poder levantar de nuevo la cara. Lo dicho, realmente incómodo!
Debería probar a mantener la cabeza alta, sonreir y dar los buenos días. Más corto, más sencillo, más agradable para mí, e infinitamente menos estresante para ella. Creo yo.
Tengo unos vecinos que personifican lo que estoy describiendo en su más extrema manifestación y me disgusta enormente coincidir con ellos porque no sé nunca cuando me van a dejar con la boca abierta. Precisamente esta mañana, ella, con la niña (que no sé a quien se parece porque es "permanentemente" simpática), esperaba que él acercara su coche a la puerta cuando yo sacaba el mío del garaje. Se ha hecho a un lado al ver abrirse la puerta y cuando la apertura amenazaba con dejar al descubierto mi cara, ha girado la suya.
Entiendo que todo el mundo tiene un mal día, o un período difícil, pero no entiendo esta actitud. Es más, pensandolo bien, creo que debe resultar verdaderamente incómodo estar pendiente de tu hija, de su mochila, de tu bolso y de tu marido que llega, al tiempo que escondes la cara esperando que la vecina acabe de sacar su coche del garaje, espere a que se cierre la puerta y decida largarse a trabajar para poder levantar de nuevo la cara. Lo dicho, realmente incómodo!
Debería probar a mantener la cabeza alta, sonreir y dar los buenos días. Más corto, más sencillo, más agradable para mí, e infinitamente menos estresante para ella. Creo yo.
jueves, 23 de abril de 2009
EL PLACER DE LA LECTURA
Considero que leer es una de las actividades más enriquecedoras que podemos realizar y, en mi caso, a pesar de que mis padres, por el espacio y el tiempo que les tocó vivir, tuvieron siempre otras prioridades, puedo decir que supieron inculcar en mí la importancia de la lectura.
Evidentemente, la finalidad de la lectura es la adquisición de conocimientos. No importa nuestro nivel cultural ni nuestras preferencias. La oferta actual pone al alcance de todos este autoaprendizaje, permitiéndonos escoger los libros que mejor se adecuan a nuestro grado de comprensión. Además, la lectura lleva implícitas actividades que hacen que esta forma de aprender resulte entretenida, sencilla y divertida. Me explico.
Leyendo, viajamos. Aunque no dispongamos de suficiente dinero para visitar ese país exótico, objeto de nuestros sueños, sólo necesitamos abrir un libro para disfrutar de sus paisajes, convivir con sus gentes y participar de sus costumbres. De hecho, lo primero que hacemos, cuando tenemos un viaje en perspectiva es comprar una guía que nos ponga al corriente de todo lo relativo al lugar que vamos a visitar. El primer paso del viaje ha empezado con un libro.
Leyendo, vivimos las más extraordinarias aventuras. Continuando con los viajes, ¿quien no ha querido retroceder en el tiempo?. Pues nada mejor que una novela histórica. Seguro que el acontecimiento escogido no supone mayor problema. Y si el viaje es al futuro ¡pues, perfecto!, una novela de ciencia ficción nos llevará a ese tiempo que aún está por venir.
De cualquier forma, ya se trate de viajes al pasado, al futuro o al interior de nosotros mismos, del descubrimiento de una isla o de un tesoro, gracias a las páginas de un libro, todo es posible.
Evidentemente, si el tema en cuestión nos interesa, el siguiente paso consiste en consultar libros más específicos aunque solo sea para verificar las bases de aquello que hemos leído. Seguro que no olvidamos nunca los conocimientos así adquiridos.
Leyendo, actuamos. A veces un libro nos absorbe tanto que llegamos a entrar en la piel de sus personajes protagonistas. En ese momento, sin darnos cuenta, somos actores y es cuando se nos pasa la parada de metro en la que debíamos bajar, o bien, la señora que se sienta a nuestro lado nos mira extrañada porque reímos o lloramos sin motivo aparente.
Leer no es un placer caro. Es fácil conseguir libros a través de la familia, los amigos, los compañeros de trabajo y, por supuesto, en las bibliotecas. Si, como yo, se tiene hacía a ellos un sentimiento egoista, y se quieren en propiedad, los mercados de segunda mano y las ediciones de bolsillo ofrecen precios razonables.
Insisto, no caben excusas, hay que leer porque la lectura es un placer del que, si aún no disfrutas, vale la pena iniciarse.
Evidentemente, la finalidad de la lectura es la adquisición de conocimientos. No importa nuestro nivel cultural ni nuestras preferencias. La oferta actual pone al alcance de todos este autoaprendizaje, permitiéndonos escoger los libros que mejor se adecuan a nuestro grado de comprensión. Además, la lectura lleva implícitas actividades que hacen que esta forma de aprender resulte entretenida, sencilla y divertida. Me explico.
Leyendo, viajamos. Aunque no dispongamos de suficiente dinero para visitar ese país exótico, objeto de nuestros sueños, sólo necesitamos abrir un libro para disfrutar de sus paisajes, convivir con sus gentes y participar de sus costumbres. De hecho, lo primero que hacemos, cuando tenemos un viaje en perspectiva es comprar una guía que nos ponga al corriente de todo lo relativo al lugar que vamos a visitar. El primer paso del viaje ha empezado con un libro.
Leyendo, vivimos las más extraordinarias aventuras. Continuando con los viajes, ¿quien no ha querido retroceder en el tiempo?. Pues nada mejor que una novela histórica. Seguro que el acontecimiento escogido no supone mayor problema. Y si el viaje es al futuro ¡pues, perfecto!, una novela de ciencia ficción nos llevará a ese tiempo que aún está por venir.
De cualquier forma, ya se trate de viajes al pasado, al futuro o al interior de nosotros mismos, del descubrimiento de una isla o de un tesoro, gracias a las páginas de un libro, todo es posible.
Evidentemente, si el tema en cuestión nos interesa, el siguiente paso consiste en consultar libros más específicos aunque solo sea para verificar las bases de aquello que hemos leído. Seguro que no olvidamos nunca los conocimientos así adquiridos.
Leyendo, actuamos. A veces un libro nos absorbe tanto que llegamos a entrar en la piel de sus personajes protagonistas. En ese momento, sin darnos cuenta, somos actores y es cuando se nos pasa la parada de metro en la que debíamos bajar, o bien, la señora que se sienta a nuestro lado nos mira extrañada porque reímos o lloramos sin motivo aparente.
Leer no es un placer caro. Es fácil conseguir libros a través de la familia, los amigos, los compañeros de trabajo y, por supuesto, en las bibliotecas. Si, como yo, se tiene hacía a ellos un sentimiento egoista, y se quieren en propiedad, los mercados de segunda mano y las ediciones de bolsillo ofrecen precios razonables.
Insisto, no caben excusas, hay que leer porque la lectura es un placer del que, si aún no disfrutas, vale la pena iniciarse.
A PROPÒSIT DE SANT JORDI
A propòsit de Sant Jordi vull dir-vos que us estimo. A tots?, us preguntareu. Doncs sí, a totes i cada una de les persones que formen part de la meva vida i a totes i cada una de les coses que conformen el meu entorn.
Perquè no sento cap vergonya de dir-ho: "sense vosaltres, persones i coses (més persones que coses), no soc res" i, encara que estic bastant d'acord amb la filosofia hindú, amb la meva vida interior no en tinc prou i us necessito per enriquir-la, donant forma a les meves experiències.
Amb una relació més propera o més llunyana, més càlida o més freda, més estreta o més distant, gaudeixo i també pateixo (tot s'ha de dir), la vostra companyia, però fins i tot quan la pateixo, m'esteu donant l'oportunitat d'aprendre.
I com que no sempre tinc l'oportunitat de fer-us-ho saber, no he volgut deixar passar aquest Sant Jordi per deixar constància, aquesta vegada escrita, del meu amor.
Perquè no sento cap vergonya de dir-ho: "sense vosaltres, persones i coses (més persones que coses), no soc res" i, encara que estic bastant d'acord amb la filosofia hindú, amb la meva vida interior no en tinc prou i us necessito per enriquir-la, donant forma a les meves experiències.
Amb una relació més propera o més llunyana, més càlida o més freda, més estreta o més distant, gaudeixo i també pateixo (tot s'ha de dir), la vostra companyia, però fins i tot quan la pateixo, m'esteu donant l'oportunitat d'aprendre.
I com que no sempre tinc l'oportunitat de fer-us-ho saber, no he volgut deixar passar aquest Sant Jordi per deixar constància, aquesta vegada escrita, del meu amor.
jueves, 16 de abril de 2009
GRACIAS
Mi padre falleció hoy hace un año.
Siempre pensé que, llegado el momento, me recogería en la intimidad de la familia, incapaz de aceptar, en el dolor de la situación, la compañia y las palabras de aquellos que me aprecian, aunque no lleven mi sangre.
Como en cuestión de sentimientos no puede anticiparse nada de aquello por lo que no se haya pasado, hoy puedo deciros que estaba equivocada. Que agradecí vuestra compañia, vuestros besos, vuestras palabras, vuestros mensajes, vuestras sonrisas y vuestras miradas porque me aportaron la calidez del cariño, la fuerza de la amistad y la alegría de la compañia.
En definitiva, me hicisteis sentir querida y ese es el mejor homenaje que pudisteis ofrecerle a él.
Gracias.
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