domingo, 7 de junio de 2009

LOS PADRES DE PEDRO, NUESTROS PADRES

El sábado, por primera vez en mucho tiempo, bajé a desayunar al bar. Algo que antes Javier y yo hacíamos los fines de semana con cierta frecuencia, se ha convertido ahora en un lujo, no por el importe del desayuno en sí (al menos, por el momento), sino por el hecho de disponer de un tiempo para compartir que no implique a nadie más, cuya necesidad esté por encima de nuestro capricho.

Y es que, últimamente, por encima de nuestro capricho, incluso de nuestra necesidad, está la de su padre y la de mi madre que, por un motivo u otro, pero básicamente por la edad, y en consecuencia, por la salud y las circunstancias acordes, copan todo nuestro tiempo.

El bar está justo debajo de casa y lo lleva un tal Pedro y sus padres. Por las relaciones que, observo tienen con la gente del barrio, deduzco que debieron ser los padres quienes montaron el bar en su juventud, seguramente recién llegados de su León natal y Pedro se ha criado allí. Los tres tienen el aspecto y las maneras de las buenas personas. Quizás por eso el sábado, sin ellos saberlo (porque de ser así creo que nunca lo hubieran permitido) me hicieron llorar.

Cuando llegamos, nos sentamos en la barra. Pedro estaba haciendo un bocadillo para otro cliente y su padre se hizo cargo de nuestros cafés con leche. En un momento dado, Pedro dirigió la vista hacia la cafetera y cuando me di cuenta estaba reprendiendo a su padre porque no estaba haciendo bien el café. No fue ni mucho menos desagradable en sus maneras pero sí mostró la impaciencia de quien tiene muchas cosas que atender y, habiendo delegado lo más simple, se da cuenta de que ni de eso puede olvidarse y se enrabia no pudiendo evitar que las palabras y el tono hagan sentir inútil a la persona que las recibe. El padre aguantó el chaparrón con cara seria, pero dulce y sin decir una sola palabra, dejando que su hijo se acercara y le enseñara a hacer lo que seguramente, en su día, cuando Pedro era un mocoso que apenas alcanzaba la cafetera, le enseñó a hacer él. Y fue esa contraposición de imágenes, la real y la de mi imaginación, el presente y el pasado, la impaciencia y el cariño, la que me hizo llorar, de tal manera, que hizo sentir violento a Javier.

No pude remediarlo. Me identificaba perfectamente con la impaciencia de Pedro y hasta pude captar el malestar posterior a esa amonestación que no pudo reprimir. Pero su padre me inspiró una infinita ternura y, a pesar del estrecho contacto que últimamente tengo con mi madre y con mi suegro, por primera vez, sentí el dolor de quien lo ha dado todo y a quien hacemos creer por un momento (a veces, muchos), llevados por la impaciencia, que ese todo ya no es válido, que existen nuevas normas y son las nuestras, haciéndoles sentir más torpes e inútiles de lo que la edad y sus limitaciones se encargan de recordarles diariamente.

Y aunque pìenso que es ley de vida, que por buenos que seamos, las leyes de la naturaleza hacen generosos a los padres y egoistas a los hijos, no puedo dejar de pensar que no es justo y luchar contra ello cada día.

Aún no lo he conseguido y no sé si lo conseguiré pero lo intento hasta el punto de que hoy por hoy, el ser paciente con mi madre, es mi objetivo prioritario. Porque ser hijos y permitirnos un cierto egoismo no nos da derecho a ignorar a nuestros mayores. Al fin y al cabo, no sólo nos han dado la vida sino que han sentado las bases de la maravillosa persona que creemos ser.

1 comentario:

  1. hace dias que no te leia... me alegro de que vuelvas a las buenas costumbres.
    como tu dices, este tema si lo piensas a fondo es de los que te encogen el alma, por egoismo, por ejercer de hijos hasta las ultimas consecuencias no nos damos cuenta de que tambien a nosotros nos pagaran con la misma moneda.
    Recuerdo una fabula que leia cuando era pequeño, o tal vez en mi epoca de adolescente, en la que más o menos explicaba esto:
    Un niño pequeño sentado en la mesa a la hora de comer observaba como su madre (o padre, es indiferente) repartia cubiertos y platos para toda la familia. Todos comian en platos de porcelana con sus cubiertos de cuberteria fina, todos excepto el abuelo. El hombre ya mayor tenia problemas de pulso (ahora se que es una enfermedad) y a él le servian la comida en un bol de madera con un cubierto en consecuencia.
    El niño pregunto a sus padres: ¿Mama, Papa, porque al abuelo no le poneis los platos bonitos como a nosotros?. A esto su madre con mucho cariño le respondio: hijo mio, el abuelo esta mayor se le puede caer el plato o el cubierto al suelo, y son muy caros.
    El niño muy pensativo estuvo toda la tarde muy atareado por el jardin, llevando no se sabe que a su habitacion. A la hora de cenar su madre se acerco a la puerta de su habitacion y la abrio. Su sorpresa fue mayuscula al ver un monton de maderitas en el suelo y al niño con una pequeña herramienta en sus manos. ¿Que haces cariño? pregunto: Pues Mama, he pensado que tenia que empezar a fabricar un cuenco de madera para cuando tu y papa seais igual de mayores que el abuelo........
    El mensaje esta claro, nos pagaran con la misma moneda que nosotros utilizamos, pero no por haber obrado mal, si no porque nos dejamos llevar por nuestro egoismo y suficiencia cerrando la vista muchas veces a lo más basico: Devolver el amor y el cariño que durante toda una vida nos dan nuestros padres.

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